crece la tendencia de compartir hogar con desconocidos por la crisis


Los motivos son diversos, pero todos están atravesados por las dificultades económicas para quienes no pueden costear por su cuenta un alquiler individual. Hay personas recién separadas, estudiantes, trabajadores que no encuentran garante… El Diario Sur dialogó con algunos vecinos de la región que contaron cómo eligen con quién convivir, cuánto pagan y cómo es compartir la casa con extraños.

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Carolina Scacheri, una de las vecinas del Conurbano que optó por alquilar una vivienda compartida.

Carolina Scacheri, una de las vecinas del Conurbano que optó por alquilar una vivienda compartida.

Martín Delgado tiene 43 años, hace dos años su padrastro se fue a Brasil y él se quedó con una propiedad que estaba abandonada en Remedios de Escalada, Lanús. Empezó a refaccionarla y tuvo la idea de construir habitaciones y alquilarlas. “Hoy la casa tiene cinco habitaciones y tres baños, y tengo mi departamento aparte”.

Martín alquila las habitaciones por un mínimo de tres meses que deben pagarse por adelantado, y asegura que el tiempo promedio de permanencia de los inquilinos es 6 meses. “Les pido que paguen 3 meses por adelantado porque muchos venían después de una separación y a los 10 días volvían con sus parejas y la verdad es que es mejor para todos que permanezcan más tiempo”, cuenta. Y agrega que también van jóvenes por movimientos transitorios mientras se mudan de una ciudad a otra, también extranjeros sin documentos que no pueden dar garantías propietarias y estudiantes que llegan del interior del país.

Carolina Scacheri tiene 34 años, es oriunda de José Mármol, Almirante Brown, y en noviembre de 2023 se mudó a una casa compartida con un desconocido en Monte Grande. “Busqué alquiler compartido porque no podía pagarlo yo sola. No porque no tuviera la plata, sino más bien, porque el panorama pre elecciones era tan incierto, que no sabía si más adelante iba a poder costear la vivienda”, recuerda Carolina. Ella compartió una publicación en Instagram y le respondieron que conocían a una persona que buscaba un conviviente para dividir los gastos de su alquiler. Así fue que se mudó a una casa ubicada a pocas cuadras de la estación de Monte Grande, donde tiene su propia habitación pero comparte el baño y la cocina.

Compartir los gastos

En el caso de Martín, en su casa de Remedios de Escalada cobra los alquileres de las habitaciones 140 mil pesos por mes, sin ningún tipo de dinero extra para ingresar, y los gastos de los servicios están incluidos en esa tarifa. “A veces no es suficiente porque los precios de materiales y reparaciones tienen un desplazamiento muy fuerte respecto del alquiler, entonces cuando tengo que ir a comprar una mecha para un taladro o hacer un arreglo termino perdiendo”, cuenta y adelanta que tiene interés en construir un segundo piso.

Por su parte Carolina, en una convivencia más tradicional, entre dos, explica: “Los gastos son compartidos. Hacemos una compra mayorista de productos básicos y la compartimos, excepto gustos personales y artículos personales de higiene. Servicios y alquiler lo dividimos en dos”.

Los desafíos de la convivencia: “Cada uno está en su mundo”

No es tan simple elegir con quién convivir por eso se estilan instancias de encuentro y diálogo antes de dar el visto bueno.

Carolina, que convive con un varón, cuenta: “Hicimos dos encuentros antes de confirmar la convivencia. El primero fue para conocer la casa, tomamos mates y charlamos de cada quien, lo que cada uno hacía, hábitos y costumbres”. Y continúa: “Al segundo encuentro fui con Olaf, mi perro, y quería ver también si entre ellos dos había onda, y como se llevaban y estuvo todo bien”.

Sumado a la convivencia de las dos personas, estuvo la prueba de la convivencia del perro de Carolina con Atrevida, una gatita que permanentemente los visita y afortunadamente todo salió bien.

Por su parte Martín cuenta que hay un filtro a la hora de aceptar un inquilino nuevo en la casa. Él coordina un encuentro con la persona, una charla y asegura que la definición es “intuitiva”.

En cuanto a la convivencia ambos coinciden en que es muy tranquila, se trata de personas adultas que van a trabajar, salen y comparten poco del día a día.

Martín dice: “Hay gente que se hizo amiga, pero nos damos poca bola, cada uno está en su mundo. Sin embargo, nos llevamos muy bien, en dos años no tuve problemas”. Y Carolina coincide con que el tiempo compartido es poco y tranquilo: “No compartimos muchos momentos en la casa, porque cada quien tiene su trabajo, él también estudia, y eso hace que esté más tiempo fuera de la casa, sin embargo nos llevamos muy bien”.

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