28/05/2024

los argentinos que están revolucionando el Chaco paraguayo


Con una verdadera comparsa de tractores, sembradoras, cosechadoras, pulverizadoras, equipos electrógenos, casillas con aire acondicionado para el personal y teléfonos satelitales; Santiago Orbegozo, está dinamizando la vida de una zona bien extensa: el Chaco paraguayo.

Se trata de una de las dos regiones del país vecino y socio, separadas por el río Pilcomayo. El Chaco Paraguayo es la parte occidental, hasta ahora muy dedicada a la ganadería pero en plena ebullición. La región oriental es la de tierra colorada, más agrícola, previsible, pero que necesita, para dar buenos rindes, altas dosis de fertilizantes.

De origen santafesino, proveniente de una familia de tamberos en San Gregorio, Santiago partió con su padre a la cordobesa La Carlota ya como contratista. Y con menos de 35 años despegó para prestar servicios en Corrientes, Salta y Santiago del Estero. El segundo paso fue Bolivia para la siembra de soja y maíz. Ahora, con 37 años, es una especie de catalizador de un nuevo modelo agrícola en Paraguay.

Trazó un proyecto que consiste en transformar una región de 350.000 hectáreas de pasturas degradadas en campos fértiles para la agricultura. Siembra soja, maíz, sorgo, girasol y algodón. Hasta se ilusiona en ese clima tropical con sembrar trigo. Y se embarcará en especialidades como el sésamo, poroto negro y la chia. Actualmente trabajan 10.000 hectáreas y van por más.

“Los suelos son muy fértiles y ricos en fósforo, con una abundancia desconocida en la Argentina. La principal limitante es el agua, pero aprendimos a manejarla”, cuenta.

Trilla en el Chaco paraguayoTrilla en el Chaco paraguayo

El Chaco paraguayo, a 450 kilómetros de Asunción, está poblado por colonias menonitas que cultivan su propia tierra con sus propios tiempos y con tecnología de avanzada. Claro que allí no existe la figura del contratista que abarca escalas mayores. Loma Plata es la principal ciudad de la región.

Orbegozo vio la luz cuando se enteró de las ventajas que ofrece Paraguay: estabilidad económica, acceso al crédito de bajo interés, un IVA de 10% y una alícuota máxima de Ganancias de 10%. Las tasas municipales no superan 1,2%. “Y no existen las retenciones”, asegura a Clarín.

Impulsado por el deseo de armar una multilatina, de manera de diversificar los riesgos en cultivos y países, sumó inversores argentinos, la mayoría productores medianos de La Carlota, muchos maniceros y otros de Santa Fe. Sus clientes son grandes firmas como el grupo Quality Cotton. Otro es Gasa (Gestión Agropecuaria) conformado por jóvenes profesionales vinculados al agronegocio que captan inversores para el Chaco paraguayo y que simbolizan la transformación en esa región.

Por cierto no es el único argentino que se aventuró. El grupo MSU, de la familia Uribelarrea, también se lanzó.

Los alquileres de los campos se pactan en dólares a razón de US$ 140 por hectárea y por año. Otra opción es ir a porcentaje que implica entre 15 y 20% de lo obtenido para el dueño de la tierra. “Los márgenes son muy buenos”, se jacta Santiago.

Máquinas trabajando en el Chaco paraguayo.Máquinas trabajando en el Chaco paraguayo.

Y esas ganancias disimulan, precisamente, las amarguras. Cuando llueve, sacar el ganado o la cosecha de los campos suele ser una odisea. Una parte de los caminos, gracias a los menonitas, están en buen estado. “Falta mucho más”, asegura este contratista.

Aunque el corredor bioceánico para la salida al Pacífico, del que solo restan 215 kilómetros, promete rutas anchas y veloces. Otro inconveniente es la ausencia de acopios. A tal punto, que muchas veces se realiza en los mismos camiones lo que incrementa costos. Los silos bolsa, que se importan a raudales desde Argentina, ayudan a superar ese serio problema. Y la conexión a internet es casi inexistente.

Previsor, Santiago armó talleres propios y como las maquinarias son made argentina lleva desde acá todo tipo de repuesto para el campamento base. Un capítulo aparte es el de los trabajadores. Orbegozo, que bautizó Pilcomagro a su grupo, en honor al Pilcomayo, destina una buena porción de presupuesto a la capacitación de la gente que debe operar máquinas sofisticadas. “Están muy predispuestos a aprender para poder progresar”, destaca.



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